Es una idea que se repite mucho y que incomoda: en México no se lee. Y aunque no surge de la nada, tampoco es tan simple como parece. No tiene que ver con flojera colectiva ni con falta de capacidad, sino con una combinación de historia, educación, tiempo, acceso y percepciones culturales que se fueron acumulando con los años. La lectura, más que un hábito cotidiano, se volvió algo lejano para muchas personas.
Durante décadas, leer se enseñó como una obligación escolar y no como una experiencia personal. Para muchos, los libros quedaron asociados a tareas, exámenes y resúmenes forzados, no al placer o la curiosidad. Si a eso se suma un sistema educativo que prioriza “cumplir” —leer rápido, subrayar, contestar— pero rara vez enseña a elegir o disfrutar un libro, el resultado es claro: personas que saben leer, pero no quieren hacerlo fuera del salón de clases.
Tiempo, acceso y la idea de que leer “no es para todos”
A esta base se le suma algo muy real: el cansancio. Jornadas largas, traslados pesados y desgaste mental hacen que, al final del día, el cerebro pida descanso pasivo. En ese contexto, leer compite con sobrevivir la rutina, y casi siempre pierde. Además, leer todavía carga con una imagen elitista: se percibe como algo reservado para intelectuales o “gente culta”, lo que aleja a quienes sienten que ese mundo no les pertenece, aunque haya libros para todos los gustos.
El acceso tampoco es tan sencillo como parece. No todas las casas tienen libros, no todas las colonias cuentan con bibliotecas activas y no todos crecieron viendo a adultos leer. El hábito se contagia, y cuando no hay referentes cercanos, empezar cuesta más. Aun así, hay un matiz importante que suele ignorarse.
Sí se lee… solo que no como creemos
La realidad es que la gente sí lee, pero no necesariamente libros. Se leen mensajes, redes sociales, noticias, hilos, subtítulos y pantallas todo el día. El reto no es enseñar a leer desde cero, sino lograr que ese hábito cotidiano migre, poco a poco, a lecturas más largas y profundas. También entender que la cultura mexicana es muy oral y visual: nos gusta la historia contada, la charla, el video, el meme. Eso no es inferior, solo distinto, y la lectura aún no termina de adaptarse a ese lenguaje.
Al final, no es que en México no se lea porque no se quiera o no se pueda. Es que nunca se enseñó como placer, no se integró a la vida diaria y no se democratizó emocionalmente. La buena noticia es simple y poderosa: cuando alguien encuentra el libro correcto, algo cambia. Y casi nunca falla.