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¿Por qué no recordamos nuestra infancia? La ciencia responde

3 octubre, 2025

3 octubre, 2025

El olvido de los primeros años de vida es una experiencia universal. A pesar de que eventos como el nacimiento, los primeros pasos o palabras constituyen momentos clave para cualquier persona, la mayoría de nosotros carece de recuerdos concretos de aquella etapa. Esta ausencia de memoria ha sido estudiada durante décadas por neurólogos y psicólogos, y ha recibido el nombre de “amnesia infantil”.

 

El asunto central de la amnesia infantil gira en torno a dos interrogantes planteadas por investigadores como Nick Turk-Browne, profesor de Psicología y Neurocirugía en la Universidad de Yale: “¿Creamos recuerdos en nuestros primeros años pero somos incapaces de acceder a ellos más tarde?, o ¿no creamos recuerdos en absoluto hasta que crecemos?”. Estas preguntas han guiado las teorías y experimentos que buscan arrojar luz sobre cómo funciona la memoria en los primeros años de vida.

 

Durante buena parte del siglo pasado, la visión predominante era que los bebés no generaban recuerdos duraderos. A esta conclusión llegaron diversos expertos basándose en dos hipótesis centrales. Por un lado, algunos atribuyeron la amnesia infantil a “la falta de un sentido del yo completamente formado o a la incapacidad de hablar”, elementos que, se supone, son esenciales para que el individuo codifique y recupere recuerdos de manera consciente y estructurada.

 

Por otro lado, existe una explicación neurobiológica que ha cobrado fuerza en la literatura científica: la maduración parcial del hipocampo, que es la estructura cerebral responsable de la formación de nuevos recuerdos.

 

Según el profesor Turk-Browne, “no podemos crear recuerdos hasta aproximadamente los cuatro años porque el hipocampo, una región del cerebro responsable de formar nuevos recuerdos, aún no está completamente desarrollado”.

 

De hecho, añade que “su tamaño aumenta a más del doble durante la infancia” y que, por lo tanto, es posible que las “primeras experiencias que tenemos no se pueden almacenar porque no tenemos el circuito que se necesita para hacerlo”.

 

Recientes investigaciones han puesto en entredicho las hipótesis que sostienen que los recién nacidos no pueden formar recuerdos. Un estudio liderado por el propio Turk-Browne, publicado a comienzos de este año, exploró la actividad cerebral de 26 bebés de entre cuatro meses y dos años. Mientras los pequeños veían una serie de imágenes, los científicos monitoreaban su hipocampo a través de exploraciones cerebrales y registros de la dirección de la mirada según el estímulo presentado.

 

Los resultados sugieren que el hipocampo comienza a codificar recuerdos desde el primer año de vida, lo que desafía la idea de que los recuerdos infantiles simplemente no existen. Aun así, la gran incógnita persiste: si esos recuerdos se almacenan, ¿por qué no podemos acceder a ellos más tarde?

 

Turk-Browne plantea una posibilidad inquietante: tal vez los recuerdos sí existen, pero están inaccesibles. Esta idea se refuerza con investigaciones en animales, donde se ha demostrado que memorias infantiles “dormidas” pueden reactivarse mediante estimulación artificial del hipocampo. ¿Podría suceder lo mismo en humanos? La ciencia aún no lo ha demostrado.

 

Otros estudios, han mostrado que en mamíferos como ratones, las memorias formadas en la infancia pueden “quedar inactivas” y, aunque parecen olvidadas, pueden reactivarse mediante la estimulación artificial de regiones específicas del hipocampo. Queda por descubrir si algo similar ocurre en los seres humanos o si los recuerdos tempranos simplemente se desvanecen con el tiempo.

 

Las dificultades para investigar la amnesia infantil aumentan ante el fenómeno de los recuerdos falsos. Catherine Loveday, profesora de Neuropsicología en la Universidad de Westminster, advierte que puede ser “casi imposible” determinar si lo que las personas perciben como su primer recuerdo es auténtico.

 

En ese sentido, Loveday explica que la memoria “siempre es una reconstrucción”, por lo que “el cerebro puede reconstruir algo que se siente absolutamente real”.

 

Más allá de la cuestión neurológica, el olvido de la primera infancia interpela nuestra concepción de nosotros mismos. “Se trata de nuestra identidad”, señala Turk-Browne, quien subraya que este “punto ciego en los primeros años de nuestras vidas... Realmente desafía la forma en que la gente piensa sobre sí misma”.

 

La amnesia infantil trasciende la neurociencia, interviniendo también en el ámbito de la conciencia y la construcción de la identidad personal, un enigma que la ciencia aún no logra descifrar completamente.

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