En economía, crecer no siempre significa avanzar. Hoy, una advertencia incómoda pone el tema sobre la mesa: México es menos productivo que hace 25 años. No es una percepción, es un señalamiento respaldado por voces con experiencia en organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo. La afirmación no solo cuestiona el presente, también obliga a revisar el modelo que se ha construido durante décadas. Hablar de productividad es hablar de cuánto valor se genera con los recursos disponibles. Y en ese indicador, el país no solo no ha avanzado, sino que ha retrocedido. Esto implica que, a pesar del crecimiento en algunos sectores, la eficiencia general de la economía no ha mejorado al ritmo necesario para competir en un entorno global cada vez más exigente. Uno de los problemas centrales es que el crecimiento económico no siempre ha estado acompañado de mejoras en productividad. Se puede crecer en volumen —más empleo, más actividad—, pero sin generar mayor valor por cada unidad de trabajo o inversión. Y ese tipo de crecimiento, aunque útil en el corto plazo, tiene límites claros. El problema no es único ni reciente. Factores como baja inversión en innovación, educación desigual, informalidad laboral y falta de adopción tecnológica han frenado el avance. A esto se suma un entorno donde muchas empresas operan con márgenes ajustados y pocas herramientas para escalar su eficiencia. La baja productividad no es un tema técnico, es un tema estratégico. Impacta directamente en salarios, competitividad y capacidad de atraer inversión. Un país que no mejora su productividad difícilmente puede sostener crecimiento de largo plazo o competir con economías más dinámicas. La advertencia no es menor: México enfrenta un reto estructural que no se resuelve con medidas aisladas. Mejorar la productividad implica repensar educación, inversión, tecnología y modelo económico. Porque en el largo plazo, no gana quien más produce… sino quien produce mejor.Crecimiento sin eficiencia
El costo de no cambiar


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